Habemus Papam. José María Hercilla Trilla.Suena el teléfono. Es Polidoro Recuenco, mi buen amigo, que me llama para darme la noticia: "Habemus Papam".
Ha sido elegido esta tarde, el segundo día de Cónclave y no sé si a la tercera o cuarta votación, el Cardenal Ratzinger, alemán de nacimiento, nacido el 16 de abril de 1.920, de setenta y ocho años pués, Decano hasta ahora del Colegio Cardenalicio y Defensor de la Fe, amigo personal y seguidor del difunto Papa Juan Pablo II. El elegido ha tomado el nombre de Benedicto XVI, decisión que puede interpretarse como reafirmación de su propia personalidad frente a la de su antecesor, para independizarse de su influencia y empezar con bríos un nuevo y diferenciado papado, o como particular devoción al anterior Benedicto XV, cuya labor evangelizadora puede resultarle ejemplar y digna de seguimiento y emulación.
Oigo otras noticias y las opiniones son varias. Que si es sobradamente mayor -en edad, se entiende-; que si ha sido elegido para ser un Papa de transición por sus probabilidades de vida, ya cortas; que si es un conservador a ultranza, del que no pueden esperarse grandes cambios, ni tampoco inminentes ni rápidos; que si es duro, que si es enérgico y voluntarioso, que si es intransigente en materias de sexualidad, y así por el estilo. Todos los comentaristas -religiosos y agnósticos- se atreven a opinar y hasta a dogmatizar sobre el nuevo Papa, su talante y su futuro modo de regir la Iglesia.
Entiendo preferible aceptarle buenamente y dejarle hacer, darle al menos los cien obligados días que todo gobernante reclama para demostrar su eficiencia, aunque luego ésta sea apreciada muy distintamente por el propio mandamás y por los contribuyentes, y no digamos por los adversarios, incluso los de buena fe. Que puede haberlos.
En mi reciente comentario del pasado día 17, víspera del comienzo del Cónclave, y a resultas de las charlas con mi amigo Polidoro Recuenco, filósofo autodidacta, jubilado del noble Cuerpo de Telégrafos y garrafinista de pro, exponía yo los dos principales problemas -a nuestro juicio, de Polidoro y mío- con que se enfrentaba la Iglesia: La deserción del pueblo fiel, incluidos sus pastores, esa sangría incontenible que la debilita; y la falta de vocaciones, de nueva sangre para mantenerla en pié y operante, señalando al mismo tiempo dos posibles remedios a esos males. Uno, el aprovechamiento de ese excelente material en buen estado, los curas y frailes casados, que la Iglesia cree contaminados por el matrimonio y desecha sin miramiento alguno a su saber y a su labor anterior, que podrían ser fieles y eficaces pastores de tánta parroquia vacante, y, dos y por otra parte, la posible admisión de las mujeres en sus filas, no para barrer las iglesias y quitar el polvo a los altares, sino como Ministros de Dios y anunciadores de su Palabra, con acceso a los más altos puestos de su Jerarquía, sin excluir el Papado.
Ya sabíamos, Polidoro y yo, que se nos podía tachar de infieles e incursos en excomunión "prima facie", pero nadie peca, ni de indiscrección siquiera, si lo que dice lo hace animado de buena fe, con todo respeto, deseando cooperar, y -sobre todo- sin "animus offendendi", ni "animus injuriandi" a la Institución ni a la Jerarquía, como es nuestro caso.
Sabemos, ambos, Polidoro y yo, que existen otros muchos problemas en la Iglesia, no menos necesarios de solución, pero, por razón de nuestra edad, veíamos como más urgentes los dos señalados. A Polidoro y a mí, que estamos ambos con el pie en el estribo, -los próximos años que haremos serán los ochenta, un año mayores que el nuevo Papa-, nos cae un poco a trasmano eso de los preservativos, que, igual que dice Fraga, no usamos, ni ahora ni tampoco entonces, aunque reconozcamos que urge afrontar con decisión y realismo -y sobre todo con caridad- ese problema de tantos cientos de millones de personas. Tampoco dejamos atrás la eutanasia, que ya tratamos tiempo atrás, en artículo con ese mismo nombre, publicado en Es Diari Nº 466, del 10-08-2003, al que nos remitimos. Ni la comunión de los cónyuges separados, ni la unión o emparejamiento legal de los gays, ni la adopción irregular, ni las investigaciones científicas con embriones, ni la inseminación artificial en sus diferentes modalidades, ni tantas y tantas cosas que hoy turban la conciencias de los fieles, inseguros del camino a seguir, dudando respecto a todo aquello que oscila -a jucio del vulgo- entre lo que pueda ser estricta materia de fe y lo que -por no afectar a la Institución en sí ni a las enseñanzas divinas- pudiera tal vez considerarse como norma ética de aconsejable cumplimiento, sujeto éste a eximentes y atenuantes "ad personam", que no todos los casos pueden ser medidos con el mismo rasero, y que Dios y el nuevo Papa nos perdonen, a Polidoro y a mí, por nuestra osadía, fruto ella de nuestra funesa manía de pensar. No de nuestra manía de ofender, de la que estamos limpios y exentos de ella.
Ya sabemos que, incluso unidos los dos, Polidoro y yo, carecemos de crédito y entidad suficiente para poder influir en la Iglesia, ni en el nuevo Papa tampoco, por supuesto, con nuestras ideas, ya casi las últimas que nos van quedando, un tanto descabaladas y hasta un poco revolucionarias, pero paridas de buena fe e impregnadas de nuestro mejor deseo para con todos, casi diríamos -sin pecar de osados- chorreando amor al prójimo, o, cuando menos, un profundo y sincero respeto, el mismo que testimoniamos al nuevo Papa, Benedicto XVI, a quien Dios ilumine y proteja.
José María Hercilla Trilla,
Salamanca, 19 Abril 2005.
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