Mis eternas dudas. José María Hercilla Trilla.Desde siempre me hice -y sigo haciendo- una pregunta, y confieso que jamás encontre cabal respuesta a ella. Por eso, obstinado yo, empedernido cabezota, me sigo preguntando una y otra vez: ¿Son las Instituciones para servir a los hombres o, al revés, los hombres para servir a las Instituciones? Parece una cuestión baladí, como un fútil entretenimiento, una simple curiosidad de hombre ocioso que, como nada o poco tiene que hacer, con el rabo mata moscas. Pués si así lo cree usted, áteme esa mosca por el rabo, que de la respuesta acertada que a la pregunta se dé, depende todo, o casi todo cuanto atañe al ser y estar del hombre. En algún sitio leí que el hombre no se hizo para el sábado, entonces día festivo, sino el sábado para el hombre. Pués eso, esa clara determinación de destino es lo que yo quiero saber que existe entre Instituciones y hombres, y lo mismo me vale la pregunta para las que sean laicas que para las eclesiásticas, para mi Párroco que para mi Alcalde.
Digo esto, por poner un ejemplo, porque oyendo a algunas personas que acuden a tertulias televisivas, prestas a hablar de todo lo humano y de todo lo divino, empiezan a surgir las dudas en el espectador reflexivo que acostumbra a tamizar cuanto oye, antes de darlo por bueno y engullirlo. No es que sea un incrédulo sistemático, pero sí (con acento este sí) partidario de la duda preventiva. En los pasados y cortos días de Sede Vacante, en los que algunos contribuyentes se mostraron inquietos por saber quién iba a ser el Pastor de la Iglesia, se oyeron las más peregrinas opiniones, quiero suponer que emitidas de buena fe, pero -creo yo- enturbiadas un tanto por la propia ideología del opinante o incluso por sus intereses o los del gremio, religión o partido al que pertenecía o era afín el mismo. Postura muy humana, por otra parte, como dice mi amigo Polidoro.
Decía uno de ellos, muy respetable su opinión por otra parte, y lo dicho lo afirmaba rotundamente, como sentando cátedra, que "la Iglesia es como es", y que, en consecuencia, el hombre no puede pretender hacerla a su propia medida, conforme a sus humanos deseos, y debe aceptarla íntegramente y obedecerla a ojos cerrados. Poco menos que es infalible, eterna, inconmovible a través de los tiempos, irreformable, poseedora de la verdad absoluta, único camino de salvación, etc., etc.
Hablaba luego yo, comentando eso, con mi buen amigo Polidoro Recuenco -conocido de ustedes-, hombre también aquejado de la funesta manía de pensar y concluía éste, -filósofo autodidacta, jubilado de Telégrafos y garrafinista de pro-, que lo que decía ese tertuliano era una verdad a medias, una semiverdad o una semimentira, en realidad como son casi todas las verdades de este mundo que no sean axiomáticas. Dice Polidoro, en su afán de verdades, que axiomático es aquello que ni Dios -con perdón- puede contradecir, tal como que dos más dos, son cuatro.
Y en esta amistosa conversación, preguntaba yo a Polidoro lo del quién sirve a quién, ¿la Iglesia al hombre, o el hombre a la Iglesia? ¿El Estado al ciudadano, o el contribuyente al Estado? Porque si (con arreglo al tertuliano tronante ya aludido) la Iglesia es como es, con arreglo a la evidencia humana lo mismo le sucede al hombre, que también es como es, ni más ni menos. Polidoro entiende que si Jesucristo mandó amarnos los unos a los otros, lo que debe ser objeto de amor, de dedicación y servicio, son los hombres todos, sin excepción. Nada nos dijo Él de las Instituciones, sobrentendiéndose que Su mandato de amor también alcanzaba a éstas, y que toda Institución -eclesiásica o civil- debe cumplir ese divino mandato de amar y servir al hombre, tal como el hombre fue hecho por Dios, que nos hizo imperfectos y mudables a través del tiempo y así debemos aceptarnos, y se nos debe aceptar, con todas nuestras faltas y debilidades.
No lo dudes, me dice Polidoro, son las Instituciones las que deben ir variando con el tiempo y adaptando sus normas a las necesidades del hombre actual, al de cada momento o etapa histórica, como único modo de justificar su existencia -la de la Institución- y de cumplir su misión de amar al hombre, sin que ello suponga una renuncia a su función docente y clarificadora. Las Instituciones -algunas- podrán ser eternas e inmutables, como muchos quieren y declaran, pero su existencia queda justificada por razón de su función, que no debe ser otra que servir al hombre, entendiendo que éste es mudable conforme los tiempos avanzan y varían las necesidades humanas, no los caprichos. ¿Qué tenemos que ver los hombres de hoy con el hombre del paleolítico, (también hijos de Dios), ni con los de hace poco más de dos milenios, ni tampoco con los coetáneos de los doce apóstoles? La civilización es un ir avanzando progresivamente, la humanidad entera, con sucesivas y lentas mutaciones en todo lo que a ella atañe, desde la política a la ciencia, las artes o la religión. Con respecto a esta última, ¿acaso no ha evolucionado la Iglesia a medida que avanzaban los siglos? Por ejemplo, el actual celibato eclesiástico no es norma de derecho divino, natural ni positivo, sino establecido por el derecho eclesiástico humano, que lo fue introduciendo poco a poco, a través de los primeros siglos de la Iglesia, hasta consolidarlo y hacerlo obligatorio en uno de sus Concilios. Y lo que no es de derecho divino, lo mismo que se ha puesto se puede quitar, sin contravenir con ello ningún mandato de Dios o de su Hijo, ni tampoco del Espíritu Santo. Todo lo más, de algún Papa ya extinto.
Y he echado mano del celibato, -me dice Polidoro- como pudiera haberlo hecho de cualquiera otra norma que de la Iglesia nos viniera dictada. No ha sido mucho, pero hemos alcanzado a ver más de una mutación o innovación en los años que llevamos de vida. Las vestiduras sagradas se han aligerado; las lenguas vernáculas han ido suplantando al latín; las exigencias del ayuno previo a la comunión han acortado el tiempo del mismo; las misas no se dicen de espaldas a los fieles, sino frente a ellos; las bulas cuaresmales han desaparecido del mercado, afortunadamente, las absoluciones pueden ser colectivas, la corona papal y la silla gestatoria están en desuso, sustituída ésta por el "papamóvil", también los púlpitos han dejado de ser utilizados, etc., etc. Todo ello son muestras evidentes de la adaptación de la Iglesia a los nuevos tiempos, quizá pequeñas, pero demostrativas de que los cambios son posibles, sin que por ello se hunda la Iglesia ni se escandalicen los fieles.
¿O sea, Polidoro, que los mandamases, sean Papas u obispos, Alcaldes o concejales, están para servir a los fieles-contribuyentes-hipotecados? Nunca lo hubiese creído así si tú no me lo llegas a decir. Amigos somos, Polidoro, pero permíteme que, ello no obstante y a la vista de lo que la experiencia me enseña, deje en cuarentena tu afirmación y tu seguridad en ella, y espere algún tiempo para ver si los hechos confirman tu creencia.
Pués lo siento por ti, me responde Polidoro. Si no tienes fe en mí y necesitas ver para creer lo que te digo, con la edad que tienes, amigo mío, te vas a morir con tus eternas dudas. Pero, en fin, más vale dudar de todo que no creer en nada. ¡Eso si que es triste!
José María Hercilla Trilla,
Salamanca, 25 de Abril 2005.
|