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  OPINIÓN  (5 de Agosto de 2007)
      

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El efecto Pigmalión o efecto Rosenthal; y el síndrome de Gansser.  José María Hercilla Trilla.

"Si los padres o profesores hacen ver a un niño que es inteligente y que está capacitado para conseguir cualquier cosa que se proponga, éste acabará autoconvenciéndose de ello y buscará el éxito académico de manera natural"

Eso es lo que se conoce como "efecto Pigmalión o como efecto Rosenthal. Lo de Pigmalión creo que más debe atribuirse al Pigmalión escultor que al otro, al Pigmalión, rey de Tiro y hermano de Dido, la fundadora de Cartago. Este rey murió el año 827 a.C. a manos de su eposa, Astarbé, que le hizo beber un veneno, pero que al tardar en morir el rey, lo estranguló ella con sus propias manos.

El Pigmalión escultor, natural de Chipre, esculpió en marfil una mujer tan bella que llegó a enamorarse de su obra, llegando a pedir a la diosa Venus que le deparara una esposa igual a la salida de sus manos. La diosa accedió a sus ruegos e hizo que, al besar Pigmalión la estatua, ésta se hiciera carne, transformándose en la que luego se llamaría Galatea.

De ahí que el niño convencido de su capacidad intelectual pueda llegar a alcanzar el éxito, llegando a él como una cosa natural, transformando su estatua de marfil -su obra- en otra de carne que justifique su vida.

El síndrome de Gansser no tiene nada que ver con esto, pero por no sé que extraña asociación de ideas me ha venido a la memoria. Voy a explicar en qué consiste, tomando para ello palabras de mi admirado Juan Antonio Vallejo Nájera, que lo describe así en su libro "Locos egregios", pgna. 379:

"Lo que empieza simulándose, al tener el individuo una previa estructura psíquica anómala, se independiza en gran medida de su voluntad, y los síntomas inicialmente fingidos siguen un curso que se regula por mecanismos inconscientes y no ya por la voluntad del enfermo". Es el caso de un preso que se finge loco, y acaba estándolo, o del sujeto que se finge enfermo para justificar sus ausencias al trabajo y acaba muriendo de esa enfermedad inicialmente fingida, o de la esposa que dice tener jaquecas para evitar el acoso marital y llega a jaquecosa crónica.

Volviendo al efecto Pigmalión no cabe duda que encierra mucho de verdad, pues cuán distinto es el comportamiento y desarrollo de un niño al que desde su más tierna edad se le dice y repite eso de "No vales para nada", o lo de "Eres tonto", que el de aquel otro zagal que oye palabras de estímulo. Aquí sí que es preferible pasarse en el elogio que quedarse corto. Y no vale el silencio del padre o del educador, esa cómoda actitud pasiva de dejar que el niño vaya creciendo a su aire, sin reñirle para que no se deprima y sin alabarle para que no se ufane indebidamente. Todos, hombres y niños, necesitamos de la palabra amable, incluso del aplauso del prójimo, de la aprobación ajena, que llena de satisfacción al que la recibe y que jamás produce complicación al que la formula.

Seguramente que la teoría no sea de aplicación en ciertos sujetos, aquellos que se creen superiores al resto de los humanos, pero esos seguramente serán los menos. Suelen ser, casi siempre, casos patológicos. El hombre, o el niño, corrientes o normales, hasta el menos ciclotímico, el de más uniforme estado anímico, algunas veces puede sentirse vacilante, como diciendo y sintiendo "y la duda habitó entre nosotros", y es en esos momentos cuando se agradece un empujón para salir del bache en el que se encuentren, que no hay bache pequeño ni grande del que no se pueda salir si alguien tiende una mano abierta, abre un camino, enciende una luz, presta una mínima ayuda o pronuncia una palabra demostrativa de confianza.

Esa es la labor del educador. Todos debemos tener un poco de Pigmalión, pero necesitamos que alguien nos lo descubra, que nos diga "Adelante, tú puedes conseguirlo". Cuánto complejo de Egesipo quedaría superado con unas mágicas palabras de aliento pronunciadas en el momento oportuno por padres, profesores o simplemente amigos.

¿Me pregunta usted qué es el complejo de Egesipo? Voy a explicarlo, y creo que con conocimiento de causa. Lo padecí en mis propias carnes. Cuando estudié tercero o cuarto de bachiller, en el texto de Francés se intercalaban una serie de pequeños ejercicios de traducción directa e inversa para el alumno. De todos ellos el único que recuerdo es el referido a Egesipo y ello por la sencilla razón de que me llamó la atención, llegando a obsesionarme. Tanto lo leí y releí que llegué a saberlo de memoria. Hablaba de un muchacho llamado "Egesype" y de su madre. Esta trataba de buscar colocación al hijo; lograba que lo admitieran como aprendiz en diversos oficios, pero de todos ellos lo echaban por inútil.

Cuando la madre se presentaba con el hijo, a demandar trabajo para éste, le preguntaban: "¿Qué sabe hacer su hijo?", a lo que la buena y amantísima señora contestaba: "No sabe hacer nada, pero sirve para todo, puede hacer cualquier cosa que se le ordene hacer". "Egesype, il ne sait rien, mais il sert à tout". Confiados en esas palabras los sucesivos patronos iban admitiendo al muchacho, pero todos ellos acababan despidiéndole tras un corto período de prueba, convencidos de que no servía para nada, o, como decían remedando a la madre: "Egesype, il est bon à tout, mais il ne sert pas à rien". O sea que era bueno para todo, pero para nada servía.

Durante una época de mi azarosa vida tuve la creencia de que a mí me pasaba lo mismo que a mi antiguo y buen amigo Egesipo, que tampoco servía yo para cosa alguna, aunque fuera medio bueno para todas aquellas a que me ponía.

Lo malo es que todavía, al final del camino, hay muchos momentos -en horas negras de grises días, en esos momentos de "desespero negro" de que habla Lobo Antunes- en que así lo sigo creyendo. Lo que temo es que pueda degenerar en síndrome de Gansser. ¡Aunque a estas alturas...!

José María Hercilla Trilla,
Salamanca, 15 Junio 2007.



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